López-Otín publica el libro sobre Sammy Basso, el paciente de progeria más longevo
El bioquímico que dirigió durante cuatro décadas su laboratorio en la Universidad de Oviedo narra en 'La eternidad y un día más' su amistad con Sammy Basso.

El bioquímico Carlos López-Otín, que desarrolló durante cuatro décadas su trabajo científico en la Universidad de Oviedo, publica 'La eternidad y un día más', un libro dedicado a Sammy Basso, el paciente con progeria más longevo del mundo, fallecido hace dos años a los 28. El volumen, subtitulado 'La última clase de Sammy Sensei', llega después de 'La levedad de las libélulas' y cumple una promesa pactada entre ambos: que la historia se escribiría cuando uno de los dos muriera.
Un encuentro en Boston
En una entrevista publicada por El Comercio, el investigador recuerda que conoció a Basso en un congreso sobre envejecimiento prematuro celebrado en Boston. El niño, que entonces tenía doce años, se acercó a él tras la conferencia y le pidió que siguiera investigando para que quienes vinieran detrás pudieran vivir más tiempo del que a él se le había concedido. Aquella conversación, dice López-Otín, le pareció una lección magistral impartida por un maestro, un sensei, y de ahí nació el apodo con el que lo llama en el libro.
A partir de ese primer encuentro mantuvieron un contacto constante por teléfono y videoconferencia, sobre todo los domingos por la tarde, en una rutina que bautizaron como Sundays with Sammy. Lo que empezó siendo una consulta médica y científica derivó con el tiempo en conversaciones sobre el sentido de la vida y la dificultad de encontrar el propio lugar en el mundo.
De paciente a investigador de su propia enfermedad
Basso superó todas las previsiones de esperanza de vida asociadas al envejecimiento prematuro: pasó la adolescencia, estudió en la universidad y llegó a realizar su trabajo de fin de grado en el laboratorio de López-Otín, precisamente sobre la enfermedad que padecía. De regreso a Italia, los médicos le detectaron una grave dolencia cardíaca que logró superar gracias a una intervención quirúrgica que nunca antes se había practicado en pacientes tan frágiles. Murió con 28 años cronológicos, aunque, según el investigador, su cuerpo era biológicamente el de un anciano centenario.
El científico cuenta que decidió cómo sería el libro el día del funeral, en una localidad del Véneto italiano, donde se congregaron miles de personas sin apenas lágrimas. Escribió el texto de un tirón entre el inicio de la primavera de este año y el 2 de mayo, en un lugar aislado y silencioso.
"Hay que aceptar la imperfección, la adversidad y la muerte"
Preguntado por cómo vivir sabiendo que uno va a morir, López-Otín responde desde la biología: más de un millón de células mueren cada segundo en el cuerpo humano para que el organismo siga funcionando. De ahí su conclusión:
"Hay que aceptar la imperfección, la adversidad y la muerte como parte intrínseca de nuestra evolución biológica"Otra cosa, matiza, es lo que él llama la muerte a destiempo, contra la que ha dirigido toda su carrera investigadora.
Vínculo con Asturias y con la candidatura cultural
El investigador asegura que, pese a haber dejado la universidad asturiana, no se ha alejado ni de los laboratorios ni de la investigación: dirige tesis doctorales —entre ellas una en Arquitectura—, firma artículos científicos y dedica buena parte de su tiempo a casos individuales de pacientes con situaciones complejas que le llegan a través de sus médicos o sus familias.
Mantiene además su implicación con la región: participa en el grupo de trabajo de la candidatura de Oviedo a Capital Europea de la Cultura, un proyecto que, al margen del resultado, valora como un esfuerzo colectivo poco habitual en la Asturias que conoció. En el plano científico, apunta a la geromedicina, disciplina que define junto al investigador Guido Kroemer en un artículo publicado en la revista Cell y que persigue optimizar la salud y anticiparse a la enfermedad.
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Elaborado a partir de información publicada por El Comercio · Fuente primaria: documento original